AL AMAZONAS EN FAMILIA

Nadar en el Amazonas, pescar pirañas, trepar árboles a 25 metros de altura, ver delfines rosados, monos, perezosos, aves de todos los tamaños y hasta liberar mariposas. Todo eso pudimos hacer en nuestros 5 días en la selva.

Amanece en el río y los delfines asoman

Navegás una hora y media por el Amazonas hasta que llegás. Porque Iquitos no es el Amazonas que te imaginaste. Iquitos tiene plazas, y motos y combis y edificios y ruido. Y vos querés árboles y pájaros y mosquitos. Bueno, para eso te tenés que alejar, meterte más adentro, allí donde el río es el rey y la selva su mejor aliada. 

Es una inmensidad marrón, a veces cobrizo cuando el sol juega con él, tan vasto que hasta en su parte angosta sigue siendo ancho. Su color, sumado a la gran cantidad de plantas acuáticas y de troncos a la deriva que flotan en él te hace pensar que es sucio, pero no. Vas en el pequeño barco, navegándolo al ras, y extendés un brazo y lo tocás. Y ves, y sentís, que no es ni sucio ni frío. Entonces te salpica y apacigua un poco el calor intenso. Es el Amazonas que te da la bienvenida a su reino.

Una hora y media más allá de Iquitos llegamos a nuestro destino. Hubo que caminar un centenar de metros por un largo puente para llegar al hotel, porque acá el río manda y las casas se construyen alto y lejos de la orilla. Nos rodeaban palmitos, cedros, lianas, bromelias, victorias regias, mariposas y el canto de infinidad de pájaros. Ahora sí, estábamos en la selva. 

Aprendimos a divisar perezosos de lejos
Perezoso de 3 dedos

Lo que más impacta de la jungla es la espesura, esa pared verde interminable que te invita a fantasear sobre los animales que estarán allí detrás, escondidos. En ese marco imponente está nuestro hotel, el Avatar Amazon Lodge. De la gran oferta hotelera nosotros elegimos éste por la relación precio-servicio y porque nos lo había recomendado otra viajera.  Es un complejo que tiene un grupo de cabañas de troncos que poseen confortables habitaciones con baño privado y ducha, un área común al aire libre con una piscina y un salón comedor enorme y con sillones y juegos de mesa para los ratos de ocio. Todo con sus respectivas telas mosquiteras (lo vas a agradecer). Luz eléctrica sólo hay entre las 18 y las 23 hs porque acá la electricidad es bien muy preciado y es el tiempo en que debes recargar las baterías de todos tus artefactos y dispositivos. Como estás en el medio de la nada, estos lugares tienen un sistema all inclusive en el que te incluyen el desayuno, el almuerzo y la cena (sin bebidas alcohólicas ni gaseosas) y toda una serie de excursiones programadas generalmente una a la mañana y otra por la tarde con el tiempo suficiente para disfrutar de un chapuzón en la pileta (también lo vas a agradecer).

Nuestro hogar en la selva
ESCUCHAR LA NATURALEZA

En la selva la fauna se oye mucho y se ve poco. Divisar animales en medio de la espesura de su vegetación requiere de mucha paciencia, tiempo y ojos entrenados. Por eso las excursiones que te brindan en estos hoteles se vuelven fundamentales. Te ofrecen un abanico de actividades con mucho de recreación porque está más enfocado al público en general que a fanáticos de los bichos (y viajando en familia resultó fundamental), pero todo con semejante marco natural que estaba buenísimo. Tenés desde caminatas por senderos en la selva, visitas a centros de rehabilitación de fauna, a mariposarios, a pueblos originarios, pesca de pirañas, y sus dos “must to do” el avistaje de delfines rosados y  el canopy en el techo de la jungla. 

Vestidos  con botas y nuestras ropas tratadas con permetrina (por los mosquitos) salimos, una y otra vez, a desentrañar un poco el ambiente selvático. César, nuestro guía, señalaba aquí y allá distintas plantas y árboles y sus funciones medicinales. Acá “todo” sirve para “algo”. La corteza de tal árbol se hierve y se prepara un ungüento contra tal enfermedad, la salvia de otro previene la malaria, y así sucesivamente. Y por allí se asomaba algún ave, y César me explicaba su nombre científico y sus características. Más atrás se escuchaba otra y él me la describía e imitaba su canto para atraerla y yo me sentía en un documental de Animal Planet. Pero entonces los niños que nos acompañaban en el paseo se ponían impacientes y se rompía el hechizo. No había caso, por más que se los señalábamos a lo lejos o intentábamos mostrárselos con los binoculares ellos no lo disfrutaban. Necesitaban la proximidad. Y en la selva eso era muy difícil. Ahí cobraban importancia las visitas a los Centros de Rescate de fauna, allí eran felices y saltaban y jugaban y se reían. Uno de los que visitamos estaba enfocado a la rehabilitación del Paiche, un pez enorme de la zona (el segundo más grande del mundo en agua dulce), y fue muy interesante observarlos. También había caimanes y algunas especies más. Pero la experiencia que más les gustó a los pequeños fue la más incómoda para nosotros. Se trataba de otro centro en que rehabilitaban animales que provenían del tráfico ilegal, donde se notaba claramente cuáles habían sido domesticados como mascotas porque buscaban el contacto con las personas. Distintas especies de monos, y hasta algún loro, se te subían a los hombros y las manos en pro de alguna galleta u otro alimento. Nina y los otros niños se divertían jugando con los monitos y yo no podía dejar de pensar en que esos bichos jamás iban a poder volver a la naturaleza y en cómo el hombre jodía todo el equilibrio amazónico.  

Ellos buscan el contacto con el humano
Siestita en el árbol

LA NOCHE, LAS MARIPOSAS Y LOS YAHUAS

De noche hay que agudizar los sentidos, la linterna sólo ilumina nuestros pasos y los sonidos lo son todo. La nube de mosquitos zumbándonos alrededor de nuestras cabezas nos recordaba que no estábamos en un documental sino en la selva de verdad y entonces César señalaba con su haz de luz a un costado y una araña peluda trepaba un tronco, a otro lado y una ranita se quedaba quieta junto a una piedra, entre las ramas un zorro, una mariposa nocturna. La caminata después de la cena fue una gran experiencia para Ona y para mí (el resto de los pasajeros no se sumó) porque la falta de luz maximizaba las sensaciones y un ruidito, un simple croar, te erizaba la piel. 

Una zarigüeya nos visitó

Herman no es biólogo, es campesino, y todo lo que sabe de las mariposas lo aprendió observando. Él te explica con sus palabras cada uno de los distintos estadíos de la vida de las mariposas y te lo muestra. Tiene un frasco para todo, en uno te muestra los huevos, de otro saca una ramita con una oruga y te la pone en la mano. Todos sonreímos un tanto nerviosos al contacto con los gusanos, seguramente si no supiéramos que luego serían mariposas la reacción sería distinta. Pero ahí estamos, en el mariposario, aprendiendo y tocando y preguntando. Luego llega el momento esperado, la liberación. Sólo un 10% de la producción se libera, el resto se usa para cría y comercialización (museos y coleccionistas privados son sus principales clientes). Tenés que pedir un deseo y luego abrir la tapa del frasco. Verlas partir es hermoso.

El camuflaje perfecto

Los Yahuas son un pueblo originario del Amazonas que has sido perseguidos por esclavistas y explotados como mano de obra barata desde tiempos de la colonia. Hoy viven refugiados en la selva y lejos del río. Hasta allí fuimos con César. Te esperan en su comunidad, vestidos con sus ropas típicas. Te muestran sus canciones, te hacen bailar y luego te enseñan a usar la cerbatana. Debo confesarlo, soy un desastre con la cerbatana, apenas logré acertar una vez al tronco. Hasta ahí la parte ceremonial (fotográfica y turística), luego llega el turno del verdadero intercambio, cuando te ofrecen sus productos artesanales e improvisan frases en castellano y en inglés buscando mayor complicidad. Todo es breve. Nos miramos a los ojos y compartimos un lindo momento bajo un sol inclemente. Pero es solo un instante, el cacique hace una seña y la reunión se termina. Luego, al regreso, el guía te explica lo duro que es para ellos la subsistencia y la fuerte discriminación de la que son víctimas cuando van al pueblo. La vida aquí debe ser muy dura, pienso para mis adentros, el calor, la gran cantidad de insectos, las distancias, la poca oferta laboral, lo pienso mientras atravesamos uno de los tantos poblados que cruzamos en nuestros paseos. Son un par de hileras de casas de alto, sin puertas ni ventanas -en su lugar sólo están los huecos-, unas pocas tienen electricidad, están dispuestas a lo largo de un sendero asfaltado (la única señal de presencia estatal por esos lugares), con alguna pequeña escuela, una iglesia y una cancha de fútbol de envidiable césped. Lo pienso pero no lo digo. 

EL RÍO Y LOS DELFINES QUE NO SALTAN

Estás en el Amazonas y todo pasa por él, hasta los paseos. Por eso no solo lo navegás sino que también pescás en él y hasta nadás. Se trata de la pesca de pirañas, una actividad muy divertida sobre todo si estás con niños. Con una sencilla cañita y desde una plataforma flotante ves como una y otra vez esas dientudas te roban la carnada y se burlan de vos. Pero cada tanto alguna cae en tu anzuelo y te sentís todo un pescador. Lo más llamativo es cuando te la sirven cocida en un plato, enterita -con cabeza y todo-, y tu hija se divierte comiéndola. Cosas de la selva. Y también hay tiempo para nadar. Sí, da un poco de impresión porque no ves nada y te imaginás caimanes y paiches y pirañas, pero no, nada te molesta ni te roza, y sus aguas son templadas y agradables. Dejarse llevar un poquito por la corriente y mirar a tus costados y ver sólo árboles y pájaros fue uno de mis momentos favoritos. Pero el mejor, sin lugar a dudas, fue ver los delfines.

 Salís al amanecer y navegás un rato hasta llegar a una bifurcación donde se ubican los pescadores. Allí estarán ellos, tratando de robarles el botín y conseguir un desayuno fácil. Se trata del famoso delfín rosado (la estrella por estas tierras) y también de otra variedad gris, igual de linda pero menos famosa. Hay que estarse callados y mirar el horizonte. Se los distingue porque el agua cambia su aspecto, se forma como un óvalo más alisado y por allí emergen. Se asoman pero no saltan, apenas dejan ver sus lomos y fotografiarlos se torna una tarea titánica. Más aún cuando los niños no paran de gritar y hacer ruido. Dos lomos por acá, otro por allá, y al fondo el sol que va subiendo en el horizonte. La escena es ideal. Luego el guía da la orden y el barco comienza a andar y a trazar círculos con su estela, desafiándolos a saltar, a mostrarse. Pero no hay caso, sólo nos dejarán ver sus lomos y algún fragmento de su aleta dorsal. Por una fracción de segundo uno me mostró su cabeza, pero fue tan fugaz que pareció casi una ilusión. Luego de media hora de observarlos –me hubiese quedado horas-, fue tiempo de regresar. Aún faltaba el canopy.

Un delfín asoma su lomo
EL TECHO DE LA SELVA

¿Jugar entre los árboles en lugar de salir a avistar especies? Me parecía una pérdida de tiempo. Así, a regañadientes seguí a mi familia rumbo a la última actividad pautada. Un ingeniero venezolano con cara de pocos amigos nos dio la charla previa en la que te explican de qué se trata el recorrido, las medidas de seguridad con las que se cuentan, cuánto riesgo supone y te hacen firmar un papel asumiendo el peligro. La aventura empieza 25 metros más arriba, sí, como si te asomaras a la terraza de un edificio de unos 7 pisos. Desde allí hacés tirolesas cortas, largas, caminás por puentes colgantes, te tirás en columpio y te dejás llevar por la adrenalina del momento. Al principio, en los primeros tramos, se sentía la tensión cada vez que alguno del grupo tenía que lanzarse. Con el correr de los minutos la emoción, las vistas, el vértigo, las risas, fueron ganándole al miedo y terminamos todos envalentonados frente al último trayecto, unos 200 metros en diagonal hacia abajo hasta terminar en tierra firme. Impresionante, como un parque de diversiones no podías evitar gritar y reír mientras pasabas a toda velocidad entre las copas de los árboles hasta el suelo. 

Con toda la adrenalina corriéndonos aún por las venas nos refrescamos en la piscina en un último chapuzón amazónico. Ya era tiempo de seguir viaje.

Sebastián Cabrera
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