ASÍ ES MARÍA… (anecdotario cubano)

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Seba y María. Al fondo, el canadiense

No existe forma de viajar y no traer una anécdota bajo el brazo, y de eso se trata este post.

En nuestro viaje por Cuba, Seba y yo salimos de la Habana, hermosa como toda ciudad principal pero no menos ruidosa, y nos fuimos a Viñales, mágica e inigualable, uno de mis lugares en el mundo. Llegaba el turno de movernos.

Fue un viaje semi planeado, es decir, Seba es súper organizado y yo llegué a su vida para desestructurarlo. No uso listas, no aprendo ni una frase en otro idioma, trato de no ver imágenes de un lugar que no conozco para que me sorprenda y uso mi escasa memoria para todo y así me va. El punto es que no teníamos organizada la forma de traslado ni muy claros los destinos, Rigoberto, nuestro ángel de la guarda que nos hospedó en La Habana, nos había indicado (según el tiempo que teníamos) qué nos convenía recorrer,  dónde hospedarnos y nos había dado una lista de horarios de Víazul , la empresa de ómnibus.

Ya habíamos colocado nuestro dedo en el mapa y este indicaba Trinidad.

Una vez resuelto el destino necesitábamos un medio de transporte, así que averiguando fuimos a parar a la empresa Cubataxi, genial.

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Aquella solitaria carretera cubana

Se trataba de una camioneta amplia, con una capacidad para 8 pasajeros, nos acercamos y una mujer muy bajita nos recibió, su nombre era María.

Hablaba rápido y fuerte con esa tonada divina cubana.

Nos fuimos ubicando, éramos seis. Tres parejas. Un canadiense que por su altura se sentó adelante junto a María, su novia vietnamita, blanca inmaculada (pieles no muy vistas en un país así de soleado, ya que nosotros rozábamos el rojo fuego a pesar de los grandes cuidados) que se sienta a nuestro lado, otra pareja estadounidense atrás nuestro, Seba y yo, y la gran cantidad de maletas y mochilas que se desparramaron aleatoriamente por todo el habitáculo.

Así arrancamos hacia Trinidad, ansiosos, felices. Una única ruta nos llevaría a destino, poco tránsito, y escenario monótono. Pero María no tenía restricción de palabras, hacía chistes y hablaba casi sin pausa, pero los únicos que le entendíamos éramos nosotros dos y eso no le gustó.

De repente el silencio nos rodeó,  al rato la camioneta empezó a hacer zigzag, fue en ese momento que rompí el silencio ya que no podía ver sus ojos porque sus inmensos anteojos de sol negros me impedían constatar su vigilia.

-¡María!, ¿está todo  bien?

Y a carcajadas me contesta que sí, hacia eso para entretenerse porque se aburría simplemente. Respiramos con Seba y sonreímos, pero no fue así para el resto que nos preguntaron qué pasaba agarrados hasta con los dientes de donde podían.

524 kilómetros de zigzag y burlas hacia los que no entendían ni jota de castellano. El canadiense para María tenía “peste es los pies”, a la vietnamita le molestaba “the polution” (el particular olor a combustible que largan los vehículos allí) y María le bajaba los vidrios. Los chicos americanos tampoco se salvaron, tenían “cara de degenerados”. No paraba de decir cosas graciosas para nosotros (que no estábamos incluidos obviamente solo por entender su idioma). Fuimos sus cómplices de viaje durante siete interminables horas, ya que en cierto punto dudábamos de su capacidad para mantener derecho el volante. Creo que hasta le pregunte la fecha de su cumpleaños y hablamos de los signos del zodíaco.  Paramos a comer (todos los choferes paran por un bocadillo, no importa la duración del trayecto; todos) y temíamos que nos dejara  en medio del camino. El canadiense no se despegó de la camioneta, María lo miraba desconfiada.

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Una de las tantas paradas al borde del camino

Finalmente llegamos a Trinidad. Sanos y salvos, pudimos observar cómo se alejaba la camioneta, esta vez en perfecta línea recta, parados frente a nuestro próximo hogar. Todo quedó en una simpática anécdota, pero les confieso (Seba se está enterando en este preciso momento) que hasta llegué a medir imaginariamente mis brazos para saber si alcanzaban el volante al mejor estilo elastic girl.

 

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