DIARIO DE VIAJE DE PERÚ: ETAPA IV, AMAZONÍA PERUANA

Caimán en el Río Madre de Dios

     Ahí estaba yo, arriba de una lancha con un contingente de visitantes y con Lucho, surcando el Madre de Dios rumbo a la selva. El sol de las primeras horas de la mañana bañaba las costas de un río lleno de vida. Caimanes, loros, garzas, tortugas y gavilanes se asomaban a vernos pasar. Sin embargo, me sentía raro. No sólo porque no conocía a nadie, sino porque tampoco tenía muy en claro lo que debía hacer.

     Dos horas antes había llegado a Puerto Maldonado, capital del departamento de Madre de Dios y puerta de entrada a la Amazonía peruana, para encontrarme con Lucho, el encargado de un Lodge, quien me iba a ayudar a cumplir un sueño. La selva se hacía realidad.

     Un día antes había decidido irme de Cusco en busca de algo diferente. Cansado de tanta historia, quería un contacto más directo con la naturaleza, pero conocer la Amazonía sin que te vendan un paquete prefabricado es una tarea realmente difícil. Así, buscando escaparle a las agencias, y a través de mi couch de Arequipa, llegué a este guía naturalista que me entendió perfectamente y me ofreció ayudarme si le daba una mano con la atención a visitantes. Acepté de inmediato.

     Un mes antes había decidido que este viaje sería distinto, que tomaría nuevas experiencias. Que Perú sería la tierra elegida para improvisar, que iría por donde me lleve el instinto, que trataría de moverme como un local.

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     Todo eso tenía en mi cabeza mientras la lancha avanzaba por las aguas marrones. Lo que me inquietaba era que aún no había aclarado con Lucho, demasiado ocupado con sus pasajeros, cuáles serían mis funciones. Por eso cuando llegamos al lodge (Ecoaventuras Amazónicas, así se llama) me moví por instinto, imitando a Peter, un sudafricano que ya se encontraba trabajando allí. Repartí bebidas, serví el almuerzo, barrí el piso y me quedé sentado mientras el contingente iba y venía por el predio. Era un lugar grande, con un quincho gigante, baños y habitaciones, un sector dedicado al arborismo y canopy, sin electricidad, y con muchos metros de selva para explorar a través de varios senderos.

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     Hasta que en un momento me tocó estar solo. Todos se habían ido a una actividad y yo me quedé cuidando sus pertenencias en el quincho. Y ahí, sin hablar con nadie por horas, sin saber qué sería de mis días siguientes, me pregunté qué estaba haciendo allí, por qué demonios no había contratado una excursión, por qué no estaba sacando fotos de animales en lugar de estar atrapado en un pseudo trabajo indefinido. Y estaba, así, ensimismado en mis lamentos, cuando un ruido me llamó la atención. Venía de atrás de los baños. Me puse las botas (siempre que pisabas fuera de las construcciones lo hacías con botas de goma) y me fui, lentamente, a revisar. Agucé un poco la vista y ahí lo vi, un pequeño mono fraile en la copa de un árbol a unos diez metros de distancia. Fue mágico. Todo se acomodó. En un instante. Me di cuenta de dónde estaba y sonreí avergonzado. Y ya no era un mono, sino cuatro, los que estaban jugando enfrente de mí. Y saqué la cámara y los binoculares. Y me sentí el tipo más afortunado del mundo.

Mono Fraile

 VIVIR EN LA SELVA

Peter recorriendo los senderos

La selva era todo lo que me imaginaba, o casi todo, porque a pesar de mis deseos nunca pudimos ver algún felino (aunque encontramos una huella de jaguar). Árboles altísimos, vegetación tan tupida que en algunos lugares casi no entraba la luz del sol, enredaderas, lianas, mariposas de colores, y mucho, mucho ruido. Canto de pájaros y monos que no alcanzás a divisar, sonido de ramas que se mueven, de insectos raros, de vida.

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Luego el contingente se fue y pudimos hablar con Lucho y Peter para conocernos un poco. El sudafricano estaba recorriendo Sudamérica y se había enamorado de la región, por eso hacía una semana que estaba ayudando en el mantenimiento a cambio de alojamiento. Lucho era un guía naturalista que desde hacía un tiempo estaba de encargado del Lodge Ecoaventuras. Yo le conté de mi fanatismo por los animales y le aclaré que, si bien estaba muy contento de estar allí por mi cuenta, también quería hacer alguna excursión de avistaje y que tenía dinero para pagarla. Ahí me explicó que nosotros estábamos en una zona que se llamaba La Cachuela, que se encontraba por fuera de la Reserva Nacional de Tambopata, y que si quería hacer avistamientos lo mejor de Maldonado era ir al Lago Sandoval que sí era un área protegida. Quedamos en que íbamos a organizar una excursión en los días venideros.

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Esa noche nos quedamos solos Peter y yo, en medio de la selva. Charlando a la luz de un par de lámparas de aceite, rodeados de miles de sonidos de bichos inimaginables. Hablábamos de nuestras distintas experiencias con animales. Y de a ratos me iba de la conversación sólo para ver a dónde me había llevado el viaje, lo afortunado que me sentía por haber seguido mi instinto. Me dijo que sólo le quedaban dos días, y que antes de irse quería hacer el ritual de la Ayahuasca y me invitó a unirme. Pensando en que las cosas iban apareciendo en el camino por alguna razón acepté. Después con una linterna nos fuimos a recorrer un poco, sin ver demasiado (sólo una tarántula en su nido) pero con la seguridad de estar siendo observados por muchos pares de ojos.

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Un gran cierre para un día intenso. Nos fuimos a dormir y las camas eran como las de los documentales, envueltas en un tul que te protegía de los mosquitos.

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Al otro día me desperté muy temprano y me vestí con un impermeable porque escuchaba las gotas caer junto a mi ventana. Pero al salir había un sol radiante. ¿De dónde venía esa lluvia? Era la transpiración de las plantas selváticas. Di un par de vueltas disfrutando el tener la selva solo para mí. Me senté en un mirador a aprendérmela de memoria, a escucharla. Usé los binoculares hasta para ver la corteza de los árboles.

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A medida que iban pasando las horas el día se ponía denso. Lucho no venía, y sin él tampoco llegaban las noticias. ¿Podríamos hacer el ritual esa noche? ¿Estarán listos los preparativos para irme al Sandoval? Para colmo estábamos prácticamente en ayunas porque no convenía tener nada en el estómago para experimentar la ayahuasca, y sin baterías para la cámara porque allí no había electricidad. Recién a las cuatro y media de la tarde llegó con las respuestas. Vendría un chamán esa noche y a la mañana siguiente nos íbamos al pueblo para hacer los arreglos para ir al Lago Sandoval.

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Me bañé como se baña en la selva, de día, con agua fría y linterna (son techados los sanitarios). Y esperamos a que llegara el atardecer para comenzar el ritual.

EL RITUAL DE LA AYAHUASCA

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Las cuestiones religiosas, paganas o no, merecen el mayor de mis respetos, por eso lo que voy a contar a continuación es sólo mi experiencia personal.

     Con la caída del sol empezó la ceremonia en el quincho. El chamán, un hombre de unos sesenta años con la piel ajada, nos reunió a los participantes (éramos cuatro, Peter, yo y dos muchachos más que habían venido especialmente para ello) y nos contó brevemente de qué se trataba. Nos dijo que era una medicina que se tomaba para escuchar nuestro interior y que durante sus efectos podíamos experimentar cosas desagradables pero que él estaba allí para ayudarnos. No mucho más, no habló de los orígenes del ritual ni agregó más descripciones. Luego se puso a fumar de una pipa y, uno por uno, nos fue soplando el humo a nuestro alrededor. A continuación nos hizo recostar, cada uno sobre una manta, a esperar. Dos horas después, bajo la noche estrellada, nos dio de tomar la ayahuasca. El sabor es realmente espantoso, muy difícil de tragar. Mientras nos convidaba, el chamán se ponía a cantar unos versos en su lengua materna que resultaban muy sobrecogedores. Rápidamente me subió un mareo muy fuerte y extraño, que no se parecía a ningún otro que haya tenido. Me quedé sentado esperando, apoyado contra una columna. Pero no pasó nada más. No hubo apariciones, ni visiones, ni mirada introspectiva. Nada. Pasaba el tiempo y no sentía nada. Miraba a los costados y no veía a nadie comportándose de manera extraña. Como no tenía experiencia en la materia supuse que habría que esperar un poco más. Interrogué a Peter con la mirada y él también me negó con la cabeza. A las cuatro de la mañana se confirmaron mis sospechas cuando el chamán se acercó a preguntarme cómo había estado la experiencia. Al contestarle que no había sentido nada se sorprendió y me retrucó que debía haberle pedido un poco más, que quizás la había preparado demasiado suave. Yo no lo podía creer ¿cómo iba a saber yo cuál era la dosis adecuada para una primera experiencia con la ayahuasca? Va a haber que repetirla otro día, me dijo como toda contestación y se fue a su rincón.

     Imbuido en mi nueva filosofía determinista, el fracaso del ritual lo tomé como que no era para mí, o no era el momento y listo, pero la actitud del chamán sí me molestó, y a Peter también. Es que nos había cobrado una fortuna por ser “gringos” (50 dólares a cada uno) y sentimos que no nos había tratado con el cuidado que dos principiantes en el tema merecen.

     Me quedé esperando a que despertara Lucho para que fuésemos a Maldonado a organizar la excursión al Lago Sandoval. Mi instinto me decía que era tiempo de cambiar de lugar.

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Sebastián Cabrera

Sebastián Cabrera

Soy un periodista argentino que viajo porque me apasiona y escribo porque, sencillamente, no puedo evitarlo.
Desde niño sentía que las vacaciones no estaban completas hasta que compartía mis aventuras en el recreo de la escuela. Ahora, de grande, ya no tengo el recreo pero sí este blog. La esencia es la misma.

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