DIARIO DE VIAJE DE PERÚ: ETAPA IV, LAGO SANDOVAL

Mono aullador

Después de mi inolvidable -y poco habitual- estadía en La Cachuela, los dos días que pasé en el Lago Sandoval fueron completamente previsibles… y geniales. Un lugar increíble, gran alojamiento, buena comida y un guía naturalista sólo para mí. Mejor imposible.

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El Sandoval es un lago de unos tres kilómetros de largo que se origina en uno de los meandros del río Madre de Dios y uno de los rincones más espectaculares de la Amazonía. Está rodeado de aguajales llenos de palmeras y árboles frondosos, y es hogar de una gran variedad de fauna.

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Son unos 40 minutos en lancha desde Puerto Maldonado hasta llegar a la entrada de la reserva y luego una hora de caminata hasta llegar a la zona de los alojamientos. A medida que te vas internando, la selva te va recordando, a través de sus sonidos, que no estás solo. Aullidos, cantos, zumbidos que te acompañan en tu recorrido. La primera especie que vimos fueron monos aulladores, los más grandes del Amazonas. Todavía no me había bajado la emoción que ya aparecieron también los monos capuchinos y los frailes. Todos a la vera del camino, jugando entre las ramas. Y después iguanas, papagayos, ardillas, buitres, gavilanes y lo más impactante: una huella de una anaconda de cinco metros que acababa de cruzar. Todos en mis primeros minutos en Sandoval.

Mono capuchino Mono ardillaP1240234e

El lodge era el último y estaba en una barranca con una vista espectacular al lago. Tenía un gran salón comedor con sillones y grandes ventanales y otra enorme construcción donde estaban las coquetas habitaciones. Después de una confortable ducha con agua caliente me senté en la barranca a disfrutar del atardecer. Un balcón a la selva.

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La cena y todas las comidas fueron ricas y abundantes, con jugos naturales siempre variados, sopas y platos elaborados con productos de la región. Durante dos horas a la mañana y dos a la tarde, el complejo brindaba energía eléctrica como para que uno pudiera afeitarse o recargar las baterías de los dispositivos electrónicos, así que me había ido a dormir con todo listo para las próximas excursiones.

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A las 5.30 de la madrugada desayunamos algo livianito y salimos a navegar el lago. La actividad la compartí con un viejito suizo llamado Geobaldo que era súper simpático. Fuimos en una especie de balsa acondicionada para observar fauna cómodamente, bordeando lentamente un margen del Sandoval disfrutando del amanecer de la selva. Con ojos expertos, Lucho y el guía de Geobaldo, nos ayudaron a divisar gran variedad de aves como el camungo, unchala, pato aguja, garza atigrada, caracará negra, un águila pescadora, el llamativo shansho, diferentes martín pescador y algunos monos que se asomaron, entre ellos el tocón, que tiene el pecho rojizo. Lo más gracioso fue ver la familia de lobos de río (son como nutrias gigantes). Unos cinco ejemplares muy ruidosos que se la pasaban gritando porque no conseguían atrapar ningún pez para su dieta.

P1240331e P1240332e Shansho Tocón Lobos de río Lobos de río I

El paseo duró unas dos horas y media y luego volvimos para un segundo desayuno muy abundante. A media mañana nos fuimos con Lucho a hacer una caminata por los senderos de la selva. Estuvimos dos horas sin demasiada suerte probando diferentes caminos. Me enseñó mucho de su vegetación, de cómo identificar los cantos de las aves, por ejemplo el pájaro tejedor que lo va cambiando para mimetizarse. Vimos mariposas azules enormes, una libélula de unos 15 centímetros y al regreso encontramos un perezoso de dos dedos al que fue imposible tomarle una foto.

Hormiguero gigante Murciélagos a la vera del lago

Por la tarde, mientras todos dormían la siesta, no pude con mi ansiedad y salí de nuevo solo a recorrer un poco más. Seguí a un añuje, que es un roedor grandote, vi monos saltando y un tucán, hasta que una víbora negra que cruzó el sendero delante de mí me recordó que es peligroso salir sin guía.

P1240592e Añuje

Al atardecer volvimos a salir con la balsa y con Geobaldo, esta vez al margen opuesto pero, a excepción de un caimán negro, no vimos gran cosa. Lucho percibió mi decepción y me prometió que a la mañana siguiente haríamos una última excursión mientras volvíamos a Maldonado.

P1240413e Garza Tumuy Tumuy P1240461e Garza atigradaP1240367e Caimán negro

Por eso a las 5 de la mañana del tercer día emprendimos el regreso. Fuimos rápido hasta el aguajal porque la intención era ver papagayos y las primeras horas del día son las más apropiadas. En nuestras mochilas llevábamos una vianda que nos habían preparado los del hotel. Lo primero que vimos fue una mariposa búho, cuya forma de camuflaje es sencillamente perfecta. A medida que nos acercábamos al pantano se empezaban a oír los loros y papagayos. Pudimos verlos sobrevolar el camino pero no lográbamos un buen avistaje. Entonces nos empezamos a meter al costado del camino, algo que está prohibido por los guarda parques. Ahí sí nuestra suerte fue cambiando hasta que en un pequeño claro pudimos ver un grupo de papagayos amarillos peleándose por el mejor lugar para anidar.

Empezaban a asomar los papgayos Loro P1240555e P1240570e

Un rato largo los observamos antes de volver al camino. Vimos más ardillas y loros mientras comíamos nuestra vianda hasta que un ruido llamó la atención de Lucho. Pecaríes, me dijo, y yo me quedé helado. Reconocía su sonido y su olor. Despacio empezamos a buscarlos al costado del sendero, como en un documental nos fuimos adentrando en la espesura de la selva siguiendo el rastro, ocultándonos detrás de los troncos, usando los binoculares. Fue realmente excitante. Era un grupo de pecaríes de collar, estaban a poco menos de diez metros, y el sonido de sus pisadas imponía respeto. Los seguimos un rato hasta que fue imposible acercarnos más. La densa vegetación impidió sacarles una fotografía pero fue de los mejores recuerdos que me llevé de ese fantástico rincón llamado Lago Sandoval.

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No hubo tiempo para mucho más, la lancha nos esperaba para volver a Puerto Maldonado y seguir mi recorrido por el sur peruano.

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Sebastián Cabrera

Sebastián Cabrera

Soy un periodista argentino que viajo porque me apasiona y escribo porque, sencillamente, no puedo evitarlo.
Desde niño sentía que las vacaciones no estaban completas hasta que compartía mis aventuras en el recreo de la escuela. Ahora, de grande, ya no tengo el recreo pero sí este blog. La esencia es la misma.

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