POSTALES DE LA HABANA

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     Pensar en La Habana es pensar en aroma a fruta fresca, en autos desvencijados, en balcones, muchos balcones, pero no balcones para plantas decorativas, balcones para personas. Es que todo el mundo se asoma en Cuba porque la vida está en la calle. Calles rotas y bulliciosas, de niños uniformados corriendo, de viejas culonas charlando en la esquina, de gente comiendo, tomando. Todo pasa afuera. Si me traje recuerdos de Cuba, son recuerdos de afuera, porque hasta las puertas permanecen abiertas vinculando el adentro y haciéndolo un poquito de afuera.

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     Leí por ahí que La Habana es una mujer bonita que ha envejecido mal, una síntesis bien gráfica de lo que podemos encontrar. Hay veces que se arregla, se maquilla y tapa las canas con un poco de pintura colorida, y nos lleva como al gringo a pasear por Habana Vieja y nos convida mojitos en bares emblemáticos y nos canta y nos sonríe seductora.

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     Pero después se cansa y nos recibe de batón y sin ruleros y nos deja espiarla en Habana Centro sin ponerse colorada. Su decadencia no la ruboriza, no, es parte de su cotidianeidad.  Y así caminamos entre puestitos de frutas, casas viejas de paredes descascaradas, asfalto roto y autos despintados, y sentimos que viajamos un poco al pasado, donde la calle no es sólo un lugar de tránsito, donde las cosas no se tiran sino que se arreglan y donde la gente todavía se sienta a ver pasar a los demás. Siempre hay alguien sentado o asomado. Es que en Habana las personas tienen tiempo. Toda la ciudad se mueve de manera cadenciosa y se detiene a conversar de cuando en cuando, bajo el sol caribeño.

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     Pasear por La Habana es moverse un poco entre lo monumental y lo decadente, a veces sin solución de continuidad. Podés estar contemplando el monumento a Antonio Maceo en el Malecón y te alejás dos cuadras y te rodean casas de frentes derruidos; o caminar por avenidas grises y terminar en la impactante Necrópolis de Colón, repleta de esculturas de gran factura.

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     Habana es un poco todo eso, coqueta y derruida, alegre y nostálgica, sencilla y monumental. Una ciudad con contrastes en un país que casi no los tiene. Una capital diferente.

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Sebastián Cabrera

Sebastián Cabrera

Soy un periodista argentino que viajo porque me apasiona y escribo porque, sencillamente, no puedo evitarlo.
Desde niño sentía que las vacaciones no estaban completas hasta que compartía mis aventuras en el recreo de la escuela. Ahora, de grande, ya no tengo el recreo pero sí este blog. La esencia es la misma.

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