VEO VEO*: UN CUMPLEAÑOS

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     Ya pasó un año. Un año de conocer lugares, anécdotas y personas que me llevaré para siempre en mi memoria. Sí, llegamos al veo-veo número 12 y, lógicamente, tocó el turno de hablar de cumpleaños. Y cuando pienso en cumpleaños no recuerdo algún festejo en particular, menos aun estando de viaje. Tampoco destaco los regalos, aunque tuve algunos muy buenos. No, para mí cumplir años es, sobre todo, sinónimo de deseos. Sí, soy de los que se toman muy en serio ese momento íntimo en el que cerrás los ojos un segundo antes de soplar las velitas. Aunque los presentes tengan que estirar indefinidamente el estribillo del cumpleaños feliz, me tomo mi tiempo para no malgastar la oportunidad. No es que no sienta la presión, que no me ponga ansioso percibir la mirada inquisidora de los que están esperando que se corte la torta para poder irse, pero los deseos no se despilfarran, no señor. Al menos yo aprendí a cuidarlos, desde que me di cuenta de que se cumplen.
Están ahí, dando vueltas por mi cabeza, aparecen de a ratos, me hacen soñar despierto, me distraen, se esconden. El tema es recordarlos en ese preciso momento en que las llamas de las velitas se los cruzan en un encuentro mágico. Seguramente hay cuestiones de las matemáticas del azar que intervienen y yo desconozco, pero, se los aseguro, si los pedís bien, los deseos se cumplen.

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Visitar una ciudad en miniatura
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Sentirme dentro de un documental

     En mi caso siempre hay una constante. Desde que tengo memoria que deseo cosas relativas a viajes, ya sea una mochila, binoculares, viajar en avión o conocer algún lugar. Sin proponérmelo, siempre hay algún deseo viajero.
Lo primero que deseé con fuerzas fue a los 8 años. Después de ir por primera vez de vacaciones a Carlos Paz, me quedé pensando en una cosa: los mochileros. Me llamaba mucho la atención eso de ir al costado del camino, que vayan a dedo, que lleven la carpa al hombro. Quedé fascinado y esa idea empezó a aparecer una y otra vez: quiero ser grande para poder irme de mochilero.

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Me seducía el camino

     Diez años tuvieron que pasar (varios bariloches familiares y otros tantos san bernardos con amigos) para poder concretar ese sueño y con dos de mis hermanos de la vida recorrimos la Patagonia a dedo. Uno de los más lindos recuerdos de los que ya he hablado en más de una oportunidad.

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Madurodam

     Otros deseos que tuve recurrentemente me llevaban a Europa. Lo primero puntual tiene que ver con una especie de folleto/souvenir que había en casa. En él se mostraba gente caminando en una ciudad en miniatura. Impresionante, ¿qué niño no sueña con jugar en una ciudad de juguete? Yo ni sabía que se llamaba Madurodam ni que quedaba en Holanda, simplemente la deseaba. Pero ni en mis noches más optimistas hubiera pensado que algún día la iba a conocer.

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Un lugar increíble. Una ciudad entera en maquetas

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Cada escena representada es una tentación para los camarógrafos

     Europa también se me aparecía cuando pensaba en castillos. Tanto libro, tanta película, tanto Robin Hood, que yo soñaba que luchaba en uno, que era un arquero parapetado tras la muralla, o que entraba cabalgando por el puente levadizo. Pero no los sentía cercanos, para nada. Hasta que muchos años (muchos) después, jugando con un buscador de vuelos en internet vi que era posible y esos deseos se vinieron a mí tan fuertes, tan vívidos que la emoción fue inmediata.

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Sí, no podía creer estar cruzando un puente levadizo

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     Lo demás fue muy fácil, que el itinerario pasara por los Países Bajos y el Reino Unido se dio de forma natural. Ámsterdam, tren a La Haya, tranvía y a jugar entre maquetas de toda Holanda con la alegría de estar cumpliendo un deseo que parecía imposible. Porque alcanzar un sueño genera esa emoción que te infla el pecho y te sentís el protagonista de una película y el mundo te mira en un travelling circular mientras suena tu canción favorita. Así me sentí yo viendo los avioncitos carretear en el mini Schiphol de Madurodam, y también cuando crucé el puente levadizo y entré en el patio principal del Castillo de Caerphilly, en Gales. Todo era perfecto, el día, con un sol poco habitual; el castillo, con sus torres bombardeadas y su foso y murallas; el paisaje, con ese verde de rompecabezas de mil piezas; todo. Hasta una catapulta que hicieron andar ahí, delante de mí. Momentos memorables que me quedarán grabados por siempre.

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Como en los libros. El castillo era tal cual lo había imaginado

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     Es que todo viaje viene precedido de un deseo y eso lo hace más especial. Siempre es así. Y lo mejor es que muchas veces empieza de manera muy vaga, que de a poco te das cuenta de que hay algo que siempre te gustó, algo que imaginaste en varias oportunidades, un lugar en el que te pensaste. Aunque en su momento ni por asomo lo veías posible, como un chico que sueña con ser astronauta.

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Inmiscuirse en la naturaleza en el Parque Kruger

     Como con los animales. Toda mi vida fui bichero. Me miraba los documentales de la tv con mi hermano, teníamos libros de naturaleza, hacíamos dibujos, sabíamos todas sus características, los hábitats. Soñábamos con la sabana africana, sus grandes felinos, sus migraciones. Pero era un mundo que aparecía muy lejano. Estar en un safari era tan utópico como ser el nueve de la selección. Hasta que a mis 32 años, nuevamente internet acercó ese mundo y ése safari ya no resultaba tan lejano. Y la ansiedad se transformó en información, y la sabana se convirtió en el Parque Kruger, y el safari en un Sunrise Drive, y ése miércoles 5 de mayo del 2010 en el día en que caí en que no hay sueños imposibles.

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Observando la sabana africana con la que tanto soñé

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     Y así empecé a prestarle real atención a los deseos, a paladearlos, a dejarlos transportarme a territorios desconocidos, a relajarme y dejarme sorprender. Machu Picchu, Galápagos, Cuba, Río de Janeiro, todos se acercaron hasta hacerse palpables. Y es una lista que nunca se va a acabar, siempre se renueva. De a poco van tomando forma, un poco borrosa aún, Madagascar, la Isla de Pascua, Australia, Sumatra, el Congo, Escandinavia, Colombia, el Amazonas… Habrá que esperar a septiembre, cuando, en mi próximo cumpleaños, el humo de las velitas recién sopladas marque el camino a mi próximo destino.

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Un juguete que compré allí, para recordarme que no hay sueños imposibles.

 

*¿Qué es Veo Veo? Es, ante todo, un juego, una excusa para conocer lugares de la mano de otros viajeros, contarnos historias, viajar aunque no tengamos la oportunidad de hacerlo, encontrarnos. Es viajar con los sentidos. Se realiza una vez al mes y las temáticas se eligen en el grupo dinámicas creativas en Facebook.

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Sebastián Cabrera

Sebastián Cabrera

Soy un periodista argentino que viajo porque me apasiona y escribo porque, sencillamente, no puedo evitarlo.
Desde niño sentía que las vacaciones no estaban completas hasta que compartía mis aventuras en el recreo de la escuela. Ahora, de grande, ya no tengo el recreo pero sí este blog. La esencia es la misma.

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