VEO VEO*: UNA MONTAÑA

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-Me gustan las montañas…

-Eso no es una montaña, montañas son las de mi casa en Jujuy, son siete veces más altas.

Sonriendo con suficiencia, el señor me dijo siete, ni dos ni diez, siete. Siete años tenía yo -me acuerdo perfecto-  y estaba fascinado con el paisaje del camping del A.C.A. de Carlos Paz, Córdoba. Nunca había visto una montaña y el entorno serrano me parecía lo más genial del mundo. Estábamos los dos parados junto a un árbol mirando un partido de fútbol y tanto me absorbía la serranía que jamás vi el pelotazo que me dio de lleno en la panza dejándome sin aire y trayéndome a la realidad de manera poco cordial. Me acuerdo perfecto porque esas cosas no se olvidan, la primera vez en las sierras, el primer pelotazo en la boca del estómago y la supremacía de las montañas.

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Las sierras cordobesas

      Ese día nació mi amor por la montaña, amor que continúa hasta hoy y que me llevó a preferir esa geografía por sobre otras a la hora de planear mis vacaciones, pero que también acarrea un hechizo que me persigue hasta estos días. Así he conocido tantas cumbres como he podido. Hice guerra de bolas de nieve en el Cerro Catedral, en Bariloche; me asombré del triángulo perfecto del volcán Lanín, en San Martín de los Andes; y me cansé en el primer tramo del ascenso al Aconcagua, el pico más alto de los Andes. Siempre embrujado por el paisaje y siempre haciendo mi cálculo mental: siete sierras = una montaña. Es que no lo puedo evitar, veo una cumbre importante y ya se me aparecen al costado, casi como un espejismo, las siete sierras, una arriba de la otra.

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La precordillera andina patagónica
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El Cañón del río Blyde

 

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Los Three Rondavels

     Y no es un fenómeno que se circunscriba sólo al territorio nacional, no señor, ha trascendido fronteras. En Sudáfrica, en el Cañón del río Blyde, me maravillé con las formas que dejó en la piedra la erosión, pero al mirar los Three Rondavels, unos picos que se parecen a las típicas tiendas de los pueblos originarios africanos, ¡zas! ahí se me aparecieron las sierras, en una suerte de importación imaginaria, para comparar la altura. En las Galápagos logré dominarlo cuando visitamos el cráter del volcán Sierra Negra, en Isabela. Al tiempo entendí por qué, el problema no es cuando lo tengo al lado sino cuando lo veo de lejos, imponente, como en una postal. Por eso me volvió a pasar en Perú, donde todo el tiempo te rodean montañas maravillosamente gigantes. Me persiguió casi todo el viaje hasta que tuve una idea, una visión, ¿qué lugar más indicado para romper con el hechizo de las montañas que subir a una que se llama justamente “montaña”?

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La subida a la “montaña”
Cumbre Machu Picchu
El suspenso
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Machu Picchu

 

       Así se le dice a una de las cumbres que rodean a la ciudadela de Machu Picchu, en el Valle Sagrado. Entonces todo parecía encajar, un lugar histórico como escenario para mi viaje iniciático, una montaña señalada como tal, y el aire cargado de misticismo que se respira por allí. Envalentonado y convencido de que estaba viviendo mi propia profecía geográfica encaré los duros escalones de piedra. Una hora y media subiendo, a un lado la montaña y al otro el precipicio. Hizo calor, llovió, hizo frío, salió el sol, se nubló y llovió de nuevo. Lo agotador de la subida, lo inclemente del tiempo, todo hacía pensar que estaba en el camino correcto, que este héroe tendría su recompensa. Prácticamente sin poder levantar los pies llegué a la cima y, como una burla del destino, las nubes lo cubrían absolutamente todo. No se veía más allá de dos metros. Abatido me senté a esperar que se despejara pensándolo como un momento de suspenso previo a la resolución. Más de diez minutos tuve que esperar a que se abran las nubes. Tímidamente me asomé y lo primero que vi fue mágico, la hermosa ciudadela chiquita allí abajo. Recorrí con la vista sus pasillos, sus formas recortadas contra la selva. Todo perfecto, todo enmarcado por semejante paisaje y la belleza del Huayna Pichu como fondo del encuadre… ¡No, no puede ser, si subí hasta acá, si me sacrifiqué! Una a una, con paciencia intransigente, se me fueron apareciendo las sierras para recordarme su divina proporción: siete a una. Mi epopeya se había derrumbado.

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El Huayna Picchu detrás
Sierras cordobesas
Reencuentro con las sierras

     Tampoco se rompió el hechizo en Córdoba, a la que regresé una y mil veces en busca de sanación. Hasta que este verano, parado al pie de las sierras, recordé la sonrisa del jujeño, su barriga al aire, y su frase: montañas son las de Jujuy, son siete veces más altas. Y ahí lo comprendí, el círculo debía cerrarse allí, en esa provincia. Inmediatamente empecé a programar un viaje al norte, a la Meca de las alturas, pero algo me detuvo. ¿Y si también se rompe este amor por las montañas? ¿Y si a partir de allí ya no me siento distinto con sólo asomarme a verlas? ¿Si ya no se me infla el pecho y se me acompasan los latidos al son de la brisa? No, no estaba dispuesto a arriesgarlo. Por eso, a partir de ese día entendí que ese hechizo es lo que me recuerda, desde los siete años, lo mágico de la inmensidad del paisaje montañoso. Y no lo cambio por nada, no señor.

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*¿Qué es Veo Veo? Es, ante todo, un juego, una excusa para conocer lugares de la mano de otros viajeros, contarnos historias, viajar aunque no tengamos la oportunidad de hacerlo, encontrarnos. Es viajar con los sentidos. Se realiza una vez al mes y las temáticas se eligen en el grupo dinámicas creativas en Facebook.

 

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Sebastián Cabrera

Sebastián Cabrera

Soy un periodista argentino que viajo porque me apasiona y escribo porque, sencillamente, no puedo evitarlo.
Desde niño sentía que las vacaciones no estaban completas hasta que compartía mis aventuras en el recreo de la escuela. Ahora, de grande, ya no tengo el recreo pero sí este blog. La esencia es la misma.

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