WHAT DO YOU SAY?

     Entre las arrugas de su piel curtida se adivinaba una sonrisa, sí, podría jurarlo, como también juraría que me está hablando del gato. Un gato blanco y negro, medio callejero, que se pasea muy orondo por una paresita de la vereda. Es temprano pero el sol ya comienza a calentar la mañana de Minori, un pueblito de ensueño en el sur de Italia. Un puñado de casitas viejas desparramadas por la ladera de una montaña que mira al Mediterráneo, y ahí estoy yo, parado en el medio de la calle, y ahí está la viejita con su vestido azul floreado que me habla, no sé si en un dialecto sureño o simplemente su italiano es tan cerrado que no le puedo entender ni una palabra. Sólo atino a sonreír porque ella sonríe. Es simpática. Hace ademanes simpáticos. Y me mira sin dejar de hablar. Yo vuelvo a sonreír mientras mentalmente repaso los dos años que estudié su idioma en la secundaria, pero no hay caso, ninguna palabra reconocible. Entonces me quedo mirando fijamente al gato hasta que se me nubla la vista.

 

Ahora es El Cairo, ya es de noche y estamos sentados a la mesa de un barcito de mala muerte enfrente de nuestro hotel y él no para de sonreír mientras fuma de su narguile. Nosotros somos mi novia, yo y una pareja amiga, y él es Mohamed, el simpático dueño de la fonda que no para de preguntarnos sobre la forma de vivir occidental. Ante cada anécdota nueva nos dice “gooooood” estirando el sonido “u” al tiempo que levanta su pulgar derecho en señal de aprobación. El intercambio de anécdotas se hace en un rudimentario inglés que resulta suficiente hasta que a la mesa se une un Doctor, médico oficial del equipo nacional egipcio de karate; con él la charla deriva hacia lo religioso y ahí me las veo bien complicadas para explicarle que no creo en ningún Dios. Se pone serio, su inglés con acento árabe me suena medio cortante, yo me esfuerzo, busco sinónimos, pronuncio despacio, hago gestos, revoleo los brazos, pero ¿cómo se explica el vacío de sentido? Dos mundos chocando alrededor del narguile, como si fuera la pipa de la paz, y Mohamed tratando de amenizar la cuestión, buscando volver a los “gooooood”.
“Good afternoon, ¿where are you from? ¿Argentina? Maradona, Messi, Tevez…”  Sí, en un país futbolero si sos argentino te nombran al Diego, pero si estás a menos de un mes del comienzo del mundial, y en el país organizador, se puede llegar a hablar hasta de Mandiyú. Estoy con un amigo en una tienda de recuerdos en Ciudad del Cabo, en Sudáfrica y los dos empleados no nos dejan ir. Como todos los de raza negra son fanáticos del fútbol y se saben todo de nuestro país. Con un inglés duro, con las “r” muy marcadas nos preguntan si Rrrriquelme va a jugar en la selección y nos hablan de las esperanzas que tienen de que la “Bafana-Bafana”  (el combinado de su país) haga un buen papel en la copa.
Pero más graciosa es la pronunciación en español de una pareja de franceses que están recorriendo Latinoamérica. Es igual a la del dibujito animado del Inspector y Totó. Nos conocimos en una excursión en la Isla San Cristóbal, en las Galápagos y ahora estamos compartiendo una cerveza al atardecer. Junto a ellos está otra pareja, suizos, con ellos habíamos buceado esa mañana, momento en que tuve una clase acelerada de suizo-alemán. Nuestra inexperiencia en el manejo de la respiración había hecho que la inmersión durase mucho menos de lo previsto y no necesité de un diccionario para comprender lo molestos que estaban con la situación.
Es que nunca tenés un diccionario a mano y debés exprimirte el cerebro en busca de algún término que cuente eso que tan fácil te sale en tu lengua materna pero que nunca te habías preguntado cómo se explica. ¿Cómo le describís el Peronismo a dos polacas en un bar de Palermo? O ¿cómo le decís a un irlandés, sentado en el botánico, que te vas a mudar a treinta kilómetros de tu trabajo para tener más tranquilidad? Te trabás, empezás una y mil veces y frenás de golpe, te quedás mudo. Hasta que, no lo sé, pero de algún lugar las palabras salen, el lenguaje corporal acompaña y el interlocutor completa la frase.
Dieciocho años tenía cuando lo puse en práctica por primera vez, habíamos ido de mochileros al sur con dos amigos y esa noche nos habíamos peleado con el dueño del hostel, nosotros y el resto de los pasajeros. Y ahí estuvimos, a orillas del Nahuel Huapi, canadienses, belgas, brasileros, chilenos, estadounidenses, un alemán y nosotros; con una guitarra y varias cervezas no hubo ningún problema de comunicación.
Catorce años tenía cuando lo entendí. Estábamos con mi familia en un restaurante en Esquel, de vacaciones. Al lado nuestro un muchacho escribía una carta, pero escribía al revés. Mi viejo, que no había terminado la escuela primaria, se levantó, se le acercó y se puso a hablar. Estuvieron un rato. Era israelí. No sé en qué mezcla de qué habrán hablado pero ambos no dejaban de sonreír.
Así le sonrío ahora a la viejita de Minori. Me olvido del gato y me concentro en su mirada, sus ojitos negros brillan, me miran. Está todo ahí. Levanta los dos brazos al mismo tiempo que la voz, termina la frase y los baja. Sonríe con una sonrisa llena y deja los ojitos fijos en los míos. Se calla y espera. El gato se estira frotándose entre sus piernas. Y ahí me brota desde adentro la mejor sonrisa que puedo ofrecerle, enorme y espontánea. No recuerdo si alcancé a balbucear alguna palabra, solo sé que ella hizo un ademán con la cabeza como aprobando, fijó la vista en el mar y se fue caminando despacito. El gato se sentó a lamerse las patas traseras. El sol me calienta la cara mientras la veo alejarse a contraluz. Nunca sabré en qué idioma me habló, sólo sé que le entendí todo.
Sebastián.
Sebastián Cabrera

Sebastián Cabrera

Soy un periodista argentino que viajo porque me apasiona y escribo porque, sencillamente, no puedo evitarlo.
Desde niño sentía que las vacaciones no estaban completas hasta que compartía mis aventuras en el recreo de la escuela. Ahora, de grande, ya no tengo el recreo pero sí este blog. La esencia es la misma.

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